Imagina que vuelves a ser pequeña, y que al final de un día cualquiera de invierno, cuando llegas cansada a tu cuarto y te metes entre las mantas calentitas, llega una persona a la que quieres y se sienta a tu lado. Tiene un libro de cuentos y empieza a leerlo sólo para ti. Con los ojos cerrados, sientes su mano acariciando tu pelo, oyes el frufrú de las páginas al pasarse con movimientos suaves, como caricias, mientras te duermes escuchando los susurros de una voz dulce, tierna y querida que te cuenta historias de magia, de aventuras, de príncipes y princesas, de amor y de inocencia...

Estoy leyendo cuentos, reflexiones y narraciones en una web que he encontrado por casualidad "www4.loscuentos.net", y me tienen enganchadísima.

Me encanta la fantasía, la sencillez, el romanticismo, a veces ese aire infantil... de los cuentos. Te transportan a vidas donde tus problemas desaparecen, donde la magia de la inocencia es real, donde puedes soñar con mundos, personajes y situaciones que escapan a la realidad... Creo que esas son las palabras clave: sueños, inocencia... quizá melancolía por tiempos en los que creíamos en esas historias que ahora muchos rechazan por ser simples "bobadas". Pues para mí no son bobadas, es maravilloso leer textos en los cuales los personajes no son malos, donde no tienen por qué hacerse daño los unos a los otros en beneficio propio, donde sueñan con la magia, el amor, el cariño, la ternura... Vale, sí, la palabra clave es Inocencia, y me encanta creer en ella, me encanta leer cuentos.

.... uis, estoy un poco rara ahora, se me pasará, no os preocupéis ;p Pero sí es verdad que me encanta leer cuentos e historias,y he intentado escribir lo que significan para mí, aunque me parece que no he podido explicarlo bien... (tendré que escribir más, estoy oxidada!)

PD: el primer párrafo lo he escrito justo antes que esto, si entendéis la ternura con la que miro los libros y los cuentos, me habréis entendido...

Aquí os dejo el primer cuento que he leido en la web. Sin duda habrá de mejores como habrá de mucho peores, pero este me ha encandilado:

"Había una vez una princesa diferente a las otras princesas de los cuentos famosos. Esta princesa no sabía bordar, cocer, cocinar ,lavar,tejer o planchar.
Era una princesa que tampoco sabía cantar. Bueno, le ponía empeño, pero desafinaba y todos en el palacio preferían verla silenciosa. Cualidad que tampoco tenía la infeliz princesa, porque era habladora compulsiva y hasta hablaba sola la pobrecilla. Sí, la dejaban hablando sola por ahí, porque les resultaba aburrida su charla sin gracia. Ella hablaba de todo y de nada a la vez.
Sobre su belleza, diría que era una princesa ni tan fea, ni tan bonita. Ni tan gorda, ni tan flaca. Ni tan alta, ni tan baja. De pelo semi ondulado color castaño. De ojos color tiempo y nariz con olfato privilegiado. Sí, además, poseía un oido muy agudo. Por eso se enteraba sin querer de todos los chismes de palacio. Aunque no los andaba chismeando por ahí con nadie, siempre sabía lo que estaba ocurriendo o lo que iba a pasar al día siguiente. Extraña cualidad en una princesa algo común y corriente, demasiado simple para ser princesa.
Bueno, y como todas las princesas deben tener un príncipe azul, su padre el rey decidió que ya era hora de buscarle un esposo a la princesa.
La reina dijo algo preocupada:
- ¿Pero quién deseará casarse con una mujer tan extraña como nuestra hija?
Sí, porque la princesa era en verdad extraña. Hablaba sola, no sabía hacer nada de nada. En verdad, se pasaba el día entero suspirando y escribiendo versos que nadie leía. Hablaba además con las flores y los pajarillos. A veces, también cantaba junto al viento una canción desafinada. Deshojaba manzanillones Y reía por cualquier cosa invisible que solo ella veía.
El rey daría una fiesta en honor a la princesa, estaba seguro que algún príncipe vendría y pediría la mano de su hija tan adorable para él. Adorable en verdad, encantadora además para algunos que la conocían más allá de su torpeza o su presunta pereza.
Porque Adelaida (ese era el nombre de la princesa) solía levantarse aun antes de salir el Sol, caminaba hasta el riachuelo y allí tomaba su baño cantando con los pajarillos y riendo como una niña. Luego, caminaba descalza hasta el pueblo llevando leche fresca para la viuda más desvalida, aquella pobre mujer que tenía siete hijos que alimentar. Nadie lo sabía y ella no consideraba necesario publicarlo. Lo cierto es que la viuda cada amanecer encontraba la jarra de leche para sus hijos y un ramo de hermosas flores que ella vendía a buen precio en la feria del lugar.
Fue en uno de esos viajes que se cruzó en su camino aquel muchacho de aspecto descuidado que cazaba liebres. Ella le preguntó qué cosa haría con tan abundante caza y ofreció de buena gana sus aretes de perlas finas a cambio de siete liebres. El muchacho se las dió y recibió los aretes. Ella regresó rapidamente al pueblo y dejó junto a la jarra de leche y las flores las gordas liebres.
El muchacho la observaba a buen resguardo y le pareció un gestó noble el de la jovencita, que regresaba agradeciendo al buen Dios tanta fortuna.
El día de la fiesta, todo el palacio irradiaba luminosidad y música. A la princesa no le agradaban mucho los bailes de palacio, era torpe bailando y prefería andar descalza que soportar aquellos tacones y ropajes lujosos. Pero más dificil era para ella llevar los cabellos atados en peinados llenos de cintas y joyas. Prefería el cabello suelto al viento. Eso fue precisamente lo que hizo, desató sus cabellos y los adornó con sencillas flores del jardín.
Su padre estaba complacido de que algunos príncipes estuvieran presentes en el salón. Estaba el príncipe del desierto, aquel que poseía los caballos más veloces de la tierra. El príncipe de los mares, que poseía los mejores navíos de guerra y comercio de la tierra. El príncipe de las minas, el que poseía las mayores riquezas y joyas preciosas en toda la tierra.
Y estaba por ahí presente un joven príncipe desconocido para el rey. De él, sus secretarios informaron que poseía extensas propiedades de terrenos en donde abundaban la caza, la pesca y el ganado, además de extensos cultivos frutícolas y agrícolas vecinos a su reino. Aunque lucía demasiado tímido y falto de la gallardía propia de un príncipe vecino al reino. .
La princesa estaba sentada en el jardín hablando con la Luna y las estrellas, cuando el muchacho al cual le compró las liebres la saludó.
-Por fin alguien del mundo real.-sonrió la princesa.
Y el pobre muchacho quedó prendado de tan hermosa sonrisa.
Los días pasaron y ningún príncipe se interesó en ofrecer matrimonio a la princesa. Algunos dijeron que ella no era ninguna belleza. Y esto fue comentado en palacio y en todo el reino.
- ¡pobre princesa! - suspiraban sus padres.
-¡Pobre princesita fea! - suspiraban los habitantes del reino. - Morirá solterona y sola.- rumoreaban.
Mas el príncipe de las tierras sí la pidió en matrimonio a finales de invierno.
A la princesa le pareció bien obedecer a su padre y aceptó contraer matrimonio con aquel desconocido príncipe.
Fue así como el primer día de primavera la princesa recibió los siguientes regalos de parte de su prometido: una jarra de leche, un ramo de rosas y siete gordas liebres, además de un pequeño cofrecillo con sus aretes de perla blanca.
Por supuesto que fueron felices comiendo perdices.
Además los dos juntos iban y venían cada amanecer con dos jarras de leche y abundante alimento para la viuda y sus hijos.
Porque la princesa no era fea ni bonita, ni gorda ni flaca, algo torpe para ciertos trabajos, hablaba sola a menudo... Pero el príncipe aquel vió lo que no se ve fácilmente a simple vista: un buen corazón, lo cual embellece y resplandece más que toda cualidad o belleza fisica.
Y fueron muy felices comiendo perdices ..."